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Fotografía, pura invención. Si la historia
de la fotografía la entendemos como la historia de un medio
en cuyos mensajes se representa la realidad objetivamente, estamos
ante un serio prejuicio. Porque en esta propuesta de Roberto Huarcaya,
en la que subyace una evolución en su trayectoria fotográfica
que vislumbra un camino abierto a la exploración sobre la
naturaleza de la fotografía y de la existencia humana, se
hace patente la superación de ese convencionalismo: con la
fotografía se inventa, no solo se representa. Lo que se ve
no existió tal cual. Aquí no importan las fechas ni
los lugares, salvo en una forma lúdica y luminosa de identificar
a la ciudad de Guayaquil como una ciudad costeña sobre la
que gravitan elementos simbólicos que también pertenecen
al propio pensamiento del fotógrafo.
En
este trabajo es el azar el que plantea las pautas del devenir de
lo que acontece al hombre y la naturaleza; ese azar, indómito
e invisible, se presenta retratado ahora. Lo inusitado y la sorpresa
forman parte de la especificidad de la fotografía fija porque
se ha recurrido a elementos reales que, tras el proceso de invención
disfuncional, se articulan y dinamizan en un contenido oscuro pero
locomotriz: la fotografía acude a objetos indiferentes, pero
éstos nos arrojan al terreno de la invención, donde
la narrativa visual permite reflexionar sobre la duda fotográfica,
y nos revela, de paso, la enajenación de la conciencia del
mundo.
Nos
situamos ante lo que Fernando Fuenzalida denomina el vacío
de significado y sentido que viven las masas urbanas; un vacío
que muestra la cara interior de la "paradoja global":
a mayor desarrollo tecnológico y científico, más
buscan refugiarse las masas en el sueño y la magia. ¿Cómo
salir bien librados de esta situación existencial desorientadora?
Roberto Huarcaya, al lograr desnudar la banalidad de los elementos
instrumentalizados en los refugios, sugiere que nos riamos de nosotros
mismos, en una fusión insólita de la lucidez con lo
lúdico. No es casual que sobre la tierra, a modo de geomancia,
graviten juguetes que por la pura invención están
transformados en los símbolos zodiacales; no es casual que
de la imagen de un planeta azul desamparado pasemos a las profundidades
de la existencia individual enfrascada desde la vida hasta la muerte
en una dualidad que deviene por una serie fotográfica que
ironiza a la exhaustiva observación científica.
Y
detrás del orden aparente de las estaciones climatológicas
se subleva el azar del color y de la forma. Y las angustias e ilusiones
de los individuos se resuelven no solo en la quiromancia, sino también
en el oráculo que invita a una interacción directa
con la esperanza de la definición de nuestro propio futuro.
Este gran retrato, realizado en placas de gran formato, lo que acentúa
el valor fragmentario y unitario a la vez, define también
a los hombres contemporáneos como buenos clientes de la industria
de la adivinanza, la cual se ve satirizada desde el momento que
los juguetes han sustituido los cristales de cuarzo, y los peces
y los muñecos a la arena y al humo del tabaco. Todo gracias
al sortilegio de la fotografía, que en las puestas en escenas
de mundos fantásticos concebidos por Roberto Huarcaya, se
ve transformada en resultados estéticos inusitados.
*Andrés
Garay Albújar
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