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Miguel Alvear
explica que el origen de esta serie fotográfica se halla
en una fascinación por los espacios de los buses de transporte
urbano, "me atraía el 'champús' (potpurri); decorativo
de las busetas y autobuses -alfombras, stickers, televisiones, águilas,
luces, gestos obscenos e iconografía religiosa, lemas trascendentales
(solo Dios sabe mi destino) y provocativos (sonríe, tu mujer
me ama)- pero sobre todo, me fascinaba la intencionada tensión
erótica que conseguían provocar entre (y me incluyo)
los usuarios masculinos, las azafatas de algunas compañías
apretadas en ajustadas prendas traslúcidas y mini faldas
arrugadas".
Al
recibir la invitación para participar en este proyecto, Alvear
recupera su idea, solo que las azafatas ceden el turno a las estrellas
de tecnocumbia, juntando así el pasillo del bus y la tarima
del concierto. Estos dos espacios son vistos como escenarios de
tensión sexual, de despliegue de estrategias de seducción
y poder, y es a partir de estos que construye los escenarios para
las fotos de MEC-POP (mecánica popular). En su obra el estudio
fotográfico recupera la teatralidad de los estudios del siglo
XIX, en donde el decorado no solo remite a los falsos horizontes
y cortinajes de un estudio decimonónico, sino que se asemeja
a una locación de rodaje cinematográfico, dado el
esfuerzo colaborativo, más cercano a la práctica de
producción cinematográfica que a la forma como tradicionalmente
se entiende la autoría de la obra de arte.
A
partir de la unión de las visualidades de estos dos mundos
(el de la música popular y el del volante, presentes en las
fotos gracias a la colaboración de las artistas de dicho
género musical y a los chóferes de la Cooperativa
de Transportes Marco Polo) Alvear consigue desestabilizar la estructura
de dicho espacio de seducción -tarima/pasillo-, al trastocar
los códigos de una performatividad de género establecida
y dominante en nuestra sociedad, visible no solo en este espacio
sino también en la publicidad y la prensa. Los personajes
de sus fotos desafían los roles sexuales asumidos como norma,
llevando al exceso ciertos estereotipos aceptados o modificándolos
radicalmente. Esta ritualización al exceso consigue que la
diferenciación sexual marcada como apropiada por la sociedad
llegue a la implosión, produciendo personajes desestabilizadores
y problemáticos.
En
MEC-POP lo asumido en cuanto a roles de género se desmorona.
El macho jactancioso y controlador se convierte en un personaje
aislado, pasivo observador de una escena de erotismo lésbico;
el seductor del volante, dueño del piropo obsceno y el pitazo
de conquista, se ve amedrentado frente al despliegue de sensualidad
de sus supuestas "presas".
La
imagen se nos avienta cargada de referencias visuales, reconocemos
ciertos esquemas compositivos, ciertas referencias a la historia
del arte. Las fotos nos recuerdan a Venus o a la Maja Desnuda -tanto
en la versión de Goya como en la perversa interpretación
de Joel-Peter Witkin-. El entramado cinematográfico y teatral
y su puesta en escena fotográfica nos remiten a los trabajos
de fotógrafos como Jeff Wall o Cindy Sherman. Sin embargo,
pese a todas estas conexiones, siempre algún elemento nos
devuelve al bochorno o a la irritación de enfrentarnos a
un mundo visual extremadamente familiar, pero a su vez lejano y
oculto. La obra termina a la deriva entre el sarcasmo y el elogio.
Vinculada al glamour de la imagen publicitaria; con la que se afilia
gracias a la cuidada producción de cada foto (casting, escenografías,
diseños de vestuario, iluminación, maquilladores)
y al acabado brillante de la impresión digital; transparenta
no obstante, otro "glamour" distinto al de las páginas
de las revistas de moda y de eventos sociales. El que aparece es
un mundo de lentejuelas, en donde la proporción de los tacones
corresponde a los largos de las minifaldas. Un mundo de cabellos
tinturados, de ropas que ciñen una cintura inexistente, de
cuerpos que, en términos de Alvear, quieren ser de una manera
y que en ese querer ser evidencian otro cuerpo. Un cuerpo que al
buscar ser lo que no es deviene otro.
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Extracto del ensayo Museo Viene de Mausoleo, María del Carmen
Carrión, Catalogo Divas de la Tecnocumbia, 2003.
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