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Esta es la tercera ocasión
que la Galería dpm arte contemporáneo presenta trabajos
recientes del guatemalteco Luis González Palma,
figura clave de la fotografía latinoamericana contemporánea.
Las nueve obras que componen la muestra mantienen la gratificación
estética a la cual nos tiene acostumbrados, ya que desde
una óptica meramente visual son un verdadero deleite.
Sin
embargo la exquisitez de estas composiciones encierra, en su refinado
lirismo, contenidos que invitan a la reflexión. Aparentan
mantener las preocupaciones que el artista ha desarrollado a lo
largo de su carrera: el dolor de la condición humana, el
rostro como metáfora de tristeza, el poder de la mirada para
comunicar. La marca registrada responsable del aire de nostalgia
que invade estas imágenes -los tonos sepia con que las "añeja"-
sigue presente, aunque tal vez con menor saturación en su
intensidad. El patente empleo de la etnicidad de sus tradicionales
sujetos (indígenas mayas y mestizos) para ser contrastado
con símbolos de la aculturación colonialista se mantiene
sólo en un par de obras. El uso de los indígenas jamás
ha sido con afán de explotar su condición, ya que
se los muestra siempre dignos; el propósito final supone
desnudar contradicciones en la realidad cultural y social de su
país, parecida a la nuestra, y espejo de muchos rincones
de la América hispana.
En
algunos de estos trabajos emplea pan de oro, por lo general como
telón de fondo, y a mi entender como elemento significante
y ubicuo del barroco religioso, de sus procesos impositivos y sincréticos,
y del desvergonzado descaro de abusar de su ostentoso brillo para
deslumbrar a una masa nativa desposeída.
Las
imágenes en esta exposición aparentan ser un tanto
más complejas que su obra anterior e indagan temas de su
vida familiar. La explicación que el artista proveyó
de su "método", aparecida en una entrevista de
1999, quizá nos de pistas para interpretar su quehacer: "Soy
un posmoderno Romántico. Trato de usar sus maneras [las del
romanticismo] para fotografiar, y al mismo tiempo, incorporar los
problemas que percibo en un país como Guatemala. Y al mismo
tiempo, incorporar la filosofía de Persia en el Siglo XI.
Intento tomar muchas cosas e incluirlas…"
A
partir de esto podemos aventurarnos a analizar trabajos como Sebastián
(2002), que presenta el retrato de un niño (uno de sus hijos)
junto a un par de páginas de una antigua edición de
los Diálogos de Platón. La fotografía circular
nos recuerda el formato de los tondos del Renacimiento, pinturas
que por lo general eran destinadas a lugares domésticos e
íntimos. Por otro lado el platonismo entiende al arte como
una imitación del mundo físico, que a su vez imita
a las Formas, en otras palabras el arte es una copia de una copia,
y por aquello es una ilusión que nos aleja de la Verdad.
Por este motivo y dado el poder que tiene para desbordar nuestras
emociones, el arte es potencialmente peligroso. En otro de sus diálogos
Platón indica que el artista, a través de la inspiración,
puede lograr una mejor copia de la Verdad que la que encontramos
en la experiencia ordinaria, y por ello puede llegar a convertirse
en un tipo de profeta. Provistos estos antecedentes me aventuro
a un abanico de lecturas propias, el espectador podrá hacer
lo mismo con todas las obras. He ahí uno de los placeres
de experimentar el arte.
* Rodolfo Kronfle Chambers
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