| Brito
strikes back…
La
serie titulada Habeas Corpus del cubano Saidel Brito presenta tanta
seriedad como ironía. Complejos niveles de sugestión
se integran con los procesos últimos de su trabajo, en los
que hace un uso estratégico de patrimonios artísticos
ajenos donde, lejos de la cita superficial o referencia evidente,
apropia cuerpos de producción paralelos a la obra conocida
de creadores emblemáticos. Lo que Brito llama la "obra
silenciosa" por su falta de difusión y por el carácter
más personal o comprometido que suele tener, y que considera
digna de una puesta en valor.
En
este caso el artista rescata del olvido un cuadernillo de bocetos
realizado en 1978 por el más celebrado modernista activo
de Guayaquil: Enrique Tábara. En sus páginas -aquí
exhibidas por primera vez- aparecen un conjunto de escenas y retratos
de internos de la Penitenciaría Modelo del Litoral.
En
lo que puede ser visto como un alarde de plasticidad Brito interpreta
sus referentes originales haciendo énfasis en el proceso
mismo de la acción de pintar, realzando las cualidades artesanales
del "buen oficio", que parece ser el único requisito
para que algunos observadores del medio acrediten a un artista.
Criterio travestidamente aplicado sin duda en el Salón de
Julio del 2001, donde no se admitió una de sus obras y donde
el primer premio fue concedido según indica el fallo "en
consideración al buen manejo del color, equilibrada composición
y un estilo que combina felizmente los efectos abstractos, impresionistas
y realistas."
Aquel
veredicto -digno de antología- parece en esta ocasión
ser contestado y satisfecho en el lenguaje pictórico empleado
en estos cuadros, que llevan a un extremo ampuloso y hasta pervertido
aquello de la habilidad manual al construirse, física y simbólicamente,
a partir de impresiones dactilares, en una técnica similar
a la aplicada en su obra Reserva…., ganadora del Salón
de Julio 2003.
Entabla
así un diálogo insólito y posible entre generaciones
distintas, cuestiona los criterios calificadores y las posturas
intolerantes de la Gestapo cultural del medio, y a través
de la misma esencia de estas pinturas confronta al espectador con
la seducción del pigmento por sí solo, canto de sirena
que atrae a muchos que se dejan llevar, la mayor de las veces, por
vacuos y caprichosos firuletes del pincel, buscando solo "efectos"
y negando la potencialidad de la pintura (o de cualquier otro medio)
de ser entendida como códigos y lenguajes empleados racionalmente,
bajo esquemas calculados para suscitar reflexiones más profundas
catapultadas por la sofisticación de sus recursos estéticos.
Adicionalmente
-por la mención que Brito hace de un maestro tan reconocido
de Guayaquil- esta serie puede interpretarse como gesto de arraigamiento
a este puerto, en el que seguramente dejará huellas importantes
desde la docencia como lo han hecho otros artistas extranjeros en
el pasado.
*Rodolfo
Kronfle Chambers
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