Marangoni-Sigüenza: el mal de
las flores.
Por Rodolfo Kronfle Chambers 10-06-05
Una
inusual colaboración entre la artista visual guayaquileña
y el poeta portobelense dio como resultado una serie de esculturas
parlantes que tienen mucho que decir. Jardín cerrado
con alcoba al fondo se presenta en la Galería dpm hasta
el 8 de Julio.
Depurados valores de producción, impecable puesta en escena,
sólida interrelación de las obras, lúcida
propuesta y coherente ejecución. Considerandos que deben
ser primordiales para cada aparición pública de
un artista y que quedan como ejemplo en esta muestra.
Larissa
Marangoni suscita este aparejamiento de dominios culturales -literatura
y artes visuales- que en la práctica habitan en esferas
autónomas, e invita al poeta Roy Sigüenza a una colaboración
cuyo resultado es de total integración de propósitos.
Ella concreta lo físico mientras él le proporciona
una extensión acústica, afincada en la palabra,
que reacciona, complementa y amplía las lecturas posibles
del conjunto. El "combo" era lógico, al existir
en el trabajo de cada uno de ellos puntos de conexión,
que se refieren al cuerpo y a la sexualidad como zona de reclamo
y conflicto; sitios desde donde se pueden interpretar diversas
experiencias, cuyas resonancias se amplían a distintos
aspectos de la vida.
A
diferencia de otros proyectos de naturaleza similar en que el
verbo o el objeto es una mera interpretación evocativa
de su contraparte -una subordinación-, lo relevante de
este planteamiento reside en la potenciación mutua de ambos
aspectos, para configurar una producción de sentido cuya
unidad los magnifique.
Más
que esculturas.
La
exposición se erige desde el campo escultórico en
el cual Marangoni es de reconocida solvencia, pero -en lo personal-
nunca he querido relievar este hecho por sí solo, ya que
lo considero -como cualquier otro medio de producción de
imágenes- una plataforma o escalón que le permite
acceder a un hecho artístico que trasciende lo material.
Esto para mí es más valioso y contribuyente que
la mera enunciación clasificatoria de esta disciplina dentro
el antiguo sistema de Bellas Artes, que hoy dificulta su sustento
dadas las numerosas, híbridas y no jerarquizadas prácticas
de representación existentes.
Aunque
las formas que nos presenta solo sugieran ser detalles amplificados
y violentados del rompecabezas anatómico humano, la escala
e intensidad presencial de las esculturas hace que aparezcan,
en una relación sinecdótica, como cuerpos íntegros.
Son cuerpos que se revelan contra condicionantes culturales, y
en su iconografía -de naturaleza biológica- nos
obliga a remitirnos tanto a la supuesta determinación reproductiva
como a la cosificación del género femenino. Toda
la muestra problematiza además -en referencias a lo cursi-
el sustento del imaginario de dulzura y sutileza con que se nutren
estas construcciones.
Lo
hace por ejemplo en el grupo de naturalezas muertas que, trabajadas
con esmero y en colores pasteles sobre papel, delatan su carácter
ingenuo y hasta pueril. Es como si Marangoni llevara el ideal
femenino domesticado, de manera irónica, a grado sumo.
Al emplear la ironía deshace el significado supuestamente
evidente de aquellas imágenes y las vacía de los
contenidos que previamente suponían tener. Existe un contrapunto
lleno de morboso cinismo (bordeando el humor negro) al ubicar
estos ramilletes como telón de fondo ante el cual se presenta
una colección de formas fálicas tridimensionales,
amenazantes en su pátina herrumbrosa, pero inquietantes
también en sus dobles lecturas. Este trabajo titulado Probando,
Probando puede aludir, por ejemplo, tanto a la prueba de sonido
(¿son micrófonos?) que resulta ser esta muestra,
como a la libre elección del instrumento de placer que
más convenga.
Piezas
del talante de ¿Cómo me veo hoy? , una insinuante
forma reflejándose en un turbio espejo, pueden leerse de
manera interesante a la luz de algunas vertientes del feminismo
posmoderno; por ejemplo lo planteado por Luce Irigaray, quien
sostiene que lo femenino es esencialmente irrepresentable, al
ser la feminidad una concepción hecha a partir de supuestos
masculinos, que reflejan sus sesgos. Por ello esta filósofa
ve imperativo que las mujeres investiguen su propia sexualidad
para que logren nuevas formas de representar lo femenino que no
reaccionen simplemente como el opuesto "otro" de lo
masculino.
El
kitsch como recurso.
Una
especie de cierre más meditado de esta experiencia artística
es el "confesionario" dispuesto en la galería,
una diminuta habitación presentada como un volumen escultórico
de carácter austero en su exterior, y con una discreta
puerta para penetrar en ella. Al apoltronarnos en la butaca que
hallamos en su interior reparamos lentamente en sus detalles,
todos orquestando una apología del kitsch hogareño
en sus fallidos intentos de simulacro. Las flores plásticas,
los tapetes sintéticos y el sobrecargado efecto del patrón
de un papel tapiz; todo el conjunto transmite una inasible opulencia
doméstica que tiene que contentarse con productos más
bastardos de la sociedad de consumo. Aquí el kitsch se
activa en lo "pretencioso" de la decoración,
que se inscribe como aspiración de reflejar estatus y buen
gusto.
La
feminidad se asocia fácilmente en nuestra cultura a la
esfera de lo privado, o como esta instalación sugiere,
al espacio íntimo de lo doméstico, del hogar, que
contrasta con la esfera pública comúnmente asociada
a las actividades profesionales "masculinas". La subversión
de este imaginario ha sido caldo de cultivo en el arte mundial
de los últimos años, pero veo algo más en
esta ambientación, en cuyo interior -a través de
unos audífonos- se recrea un diálogo desarrollado
por Sigüenza que titula la obra, Ángel Rosa y Ángel
Plata, y que bien pude llevarnos, al ser interpretado por dos
voces masculinas, al análisis de los parámetros
de vigilancia social hacia las sexualidades alternativas.
Esta
exposición sirve para ilustrar como opciones más
alejadas de la extrema naturaleza discursiva de mucho arte actual
son viables, pero alerta además -en su éxito- acerca
de las dificultades para lograrlo. Reexaminar las nociones de
"lo femenino" o analizar la diferencia sexual desde
el arte -luego de todo lo que por años se ha elaborado
alrededor del tema- no se debería hacer de una manera superficial,
evidente, ni explícita; la contraparte, es decir la exacerbación
de la dimensión poética -llevada comúnmente
al paroxismo- está condenada a derivar en cliché.
Es solo en el balance de este aspecto, en la sugerencia que no
se impone -ni edulcorante ni rabiosa-, donde aún se puede
despertar el interés.