Víctor Vásquez
es uno de los exponentes más interesantes del arte contemporáneo puertorriqueño. En la obra de Vázquez confluye lo primigio con lo contemporáneo, lo sacro con lo mundano, lo instintivo y lo conceptual. Vázquez despliega una suerte de fetichización y ritualización de la autobiografía y la creencia. Por eso sus imágenes desarman al espectador, su realidad es más contundente de lo que evocan.

La pintura es, para occidente, la apoteosis de la imagen congelada. A medida que la fotografía se ha colocado en el centro de las formas artísticas en la era de la reproducción mecánica, la pintura funcionó cada vez más como su antecesora legitimadora, como una forma más ennoblecida de la imagen. La obra de Víctor Vázquez explora esa condición de aparición de la fotografía en el marco de la referencia de la pintura.

Mucha de la fotografía moderna se vale del pastiche para ubicar su problemática relación de dependencia con las artes tradicionales. Ese encuentro de la pintura, la escultura y la instalación, propiciado por la recomposición fotográfica, produce un escenario similar al de algunas obras de Víctor Vázquez.

Hay en Víctor Vázquez una adhesión a la pose y al montaje elegante que recuerda el esteticismo depurado de la textura de la piel, observada por Mapplethorpe. Aunque su obra no se centra en la contemplación de la belleza de la textura de la piel, observada por Mapplethorpe con la precisión y la delicadeza con que observa los pétalos de sus fotos de flores, en Vázquez hay también un goce en la contemplación de la pose.

La obra de Víctor Vázquez difumina su particular absoluto. Sus fotos rehúsan situar un escenario específico. Esa cantidad hechizada no se compone de un tiempo mágico, o de una imagen sagrada y única, sino que propone como su referente mayor a la materia misma de la fotografía.


*Rubén Ríos Ávila


* Fragmento del texto de Rubén Ríos publicado en el catálogo de Víctor Vázquez