mmm: Lalimpia


18 Agosto – 3 Septiembre 2004

Valerse del chuchaqui de la modernidad

Una obra de Lalimpia nunca está lista hasta que se expone; insisto en pensar que la razón es que si dos cabezas piensan mejor que una, mas aún siete. En los casi dos años que he trabajado con Stéfano, Oscar, Ilich, Jorge, Ricardo, Fernando y Félix, hemos mantenido un proceso creativo constante con resultados temporalmente satisfactorios.

Digo temporalmente ya que en nuestros extensos laboratorios de ideas logramos conceptualizar por completo una obra que, sin embargo, por inconformismos posteriores sufre de persistentes innovaciones que culminan dando un vuelco renovador a la obra -como mínimo- dos días antes de la inauguración. Con ello hemos descubierto gratamente que en estas obras, donde el ingenio aparece cuando el tiempo se nos viene encima, las depuraciones finales son responsables de darles un sentido aún más oportuno.

Desde sus inicios Lalimpia ha mantenido posturas inquisitivas con respecto a su contexto. En el 2003 en la muestra C6H5CH3-(NO2)3 se demuestra el descontento con la institución, exponiendo como idea central el resurgimiento metafórico de la Casa de la Cultura en una casa de árbol, luego de su destrucción con semillas de dinamita. No menos crítica resultó la obra Sin título ganadora del Premio París en la VIII Bienal Internacional de Cuenca, en la cual adoquines translúcidos, siguiendo el modelo de los utilizados en la regeneración urbana, dejan entrever grillos que brillan congelados en su interior, como íconos nada cultos de las carencias que se ambiciona encubrir bajo el revestimiento armónico de Guayaquil luego de su flamante “extreme make-over”. Ahora en mmm, Lalimpia se concentra en traer a la superficie reflexiones sobre los puntos débiles que recluyen al arte en la ciudad, en una especie de chuchaqui de la modernidad, inducido desde los ejes culturales institucionales.

En In urbi naturam, rememorando obras impresionistas como “Un domingo en la Isla Grand Jatte” de Seurat o el célebre “Desayuno en la hierba” de Manet, los asistentes acudieron en sus mejores trajes para pasear por la llanura de césped que irrumpía la galería, mientras se deleitaban con una tacita de hierba luisa, cuidándose de no tropezar la mala hierba que jubilosamente ornamentaba el terreno en blancos maceteros. La frivolidad inicial de la inauguración se fue disipando cuando los espectadores, muchos afectados por la falta de cuadros, hicieron suyos los espacios de la galería sentándose en rondas, sacándose los zapatos para caminar por la hierba e infiltrando cerveza, emulando aún más los vicios impresionistas. Por unas horas una de las ciudades con menos áreas verdes de Latinoamérica, tuvo 321 m2 más de naturaleza (el césped fue sembrado fuera de la ciudad), que en su aparente armonía invitaban a esbozar una mirada crítica a los planteamientos desfasados y superficiales que mantienen algunos grupos frente al arte.

Inmiscuirse entre cañas de cemento apuntalando el interior de la galería, mientras como murmullo se repetía una melodía alegremente sospechosa, despertó una experiencia de sutil inseguridad para los asistentes a la segunda exposición. Las cañas de cemento -que remiten a la gestación de Guayaquil tan íntimamente ligada con la caña, tanto como a su regeneración y su absoluta identificación con el cemento- al mismo tiempo invaden y sostienen la arquitectura donde hoy se apuesta y confronta el arte contemporáneo. Conjugando ésto con el Momento Musical no.3 de Schubert, que se remonta a una época de asentamiento de museos como el Louvre, presenta una construcción que con una imagen de imponente sencillez, revela como arma noble, la poca solidez de las instituciones culturales y la necesidad de otros bosques que den un respiro renovador a la escena del arte en la ciudad.

Suplentes de la cultura pública extrae algunos de los modelos más consumidos de lo que irresponsablemente aún se presenta como arte contemporáneo. Los moldes de yeso, que acompañan la pintura realizada en crayola, se logran de juguetes que recrean elementos de ciertas obras de la modernidad ecuatoriana, ampliamente digeridas por una mayoría orientada a aceptar lenguajes visuales deslucidos por su repetición vacua y descontextualizada. Los negativos de las piezas que conforman la obra, se arraigan a la pared luciendo su blanca y gastada figura, entretanto su referente de colores espera colgado, como acostumbra, al mejor postor.

In urbi naturam y Otros bosques inician un proceso que se vale de los espacios no convencionales de la galería, contrastando con lo que se espera de una exposición en este medio, y que culmina con la consciente utilización de la pared en Suplentes de la cultura pública de la cual penden los referentes de los que no se puede desligar una sociedad, que se sumerge bajo preceptos implantados por estructuras incapaces de revalorizar la cultura local. En estos tres miércoles, Lalimpia cierra un ciclo que denota su agudo compromiso de proponer reflexividad a través del arte, esta vez penetrando desde sus propios sistemas y relaciones.

-Pily Estrada Lecaro

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