Wilson Paccha- “Caprichos salvajes de marido mío”


Nov. 17 – 31 Dic.; 2015

Vuelven los puyazos visuales de Wilson Paccha, nos aturden ahora con una obra dinámica donde varios objetos –palas, parrillas, globos, latas, espejos, licuadoras y demás– adquieren una materialidad violenta inyectada por el espíritu sardónico –no necesariamente venenoso como la Saedonia– y lúdico de Paccha, quien pertenece a la dinastía de los más intensos, superlativos y prolíficos pintores ecuatorianos. En esta ocasión, vuelve a afilar sus aristas en un exuberante dispendio visual del cual saldremos trastocados.

La esencia siempre engaña, apenas podemos ver las sobras de la fugacidad: el ojo realiza un esfuerzo inefable por rozar la cresta del fragmento, el corte, il di taglio, lo fractal; aquello que por estar separado no se puede conectar con su entero, pero hay que buscar en esa unidad perdida el temple que produce lo accidental para llegar al encantamiento pacchesco.

La fascinación funciona para dar lugar al cuadro, al ensamble, pero el yo que percibe siempre es un yo carente: se llega a la fascinación –al cuadro, al poema, a la expresión– por precariedad existencial. Sin embargo, la prerrogativa es que Paccha tiene una visión pesimista y sarcástica del hombre y de la vida: la historia es la historia de la podredumbre, de la histeria que reina la existencia: nacemos, perdemos y caemos de un estado de perfección a otro de sinsentido, todo para terminar en un pesimismo absoluto, sin garantías de nada, todo para venir a parar en esto que somos ahora.

Ese vacío, de pronto, es ocupado por algo. Es tan intensa la absorción, el ensimismamiento en eso que esa es la razón por la que las cosas llegan de forma estridente a la obra de arte. Sabemos que no tenemos acceso al objeto, pero esa forma de la fascinación es eficaz para transmitir de un modo aparentemente directo el mundo, su hermosura, su brutalidad…

Los excesos, el glamour popular, el frenesí, la desazón, el desasosiego, la alcoholemia, la sexualidad radical, la verbena infinita de lo grotesco, la sublimación de lo torcido y la alucinación sexual son un continuum en su obra. Además, se compone de elementos que seducen o impugnan a cualquier espectador, no hay punto medio: son dispendios visuales que arremeten contra el clientelismo reaccionario y atentan a la moral porque hiperbolizan los traumas del prójimo –traumas que al final son un espejo–. Por tanto, sabemos que la obra de Paccha nos arrinconan o decantan: nos gustan o no nos gustan, pero jamás nos deja impávidos, al verla es como si nos hubiesen chirleado, ese precisamente es el mérito mayor de un artista. Paccha no dirige las mentes, las turba.

Los recargados disparates de Paccha nos proponen ahora una obra en trance perpetuo –impronta extrema de lo cinéfilo que es–, una colorida, crocante, delirante y desquiciante empresa artística con registros in extremis atrofiados. Una obra atiborrada de humor negro, política, contestataria, enemiga de la institucionalidad y del establishment: Paccha no cree en falsos senderismos y crossfit’s espirituales. Su obra es una mezcla de jiu jitsu, taekwondo, sangre de drago, enjundia de gallina, máchica, guarapo, chilca, amansaguapos, uña de nutria desvirgada, sal en grano, aserrín, complejo B, palo santo, diamante y pólvora.

Dejémonos seducir por estos caprichos irreverentes y salvajes concebidos por Valentino Red, El Chamo aviones, Diamante Rojo, El Chacal Banderillero, Rural Matrix de la Sierra, Súper Wilson, Dragón de Komodo, Saint Rouge patrono de los Batrákulas, Barriobajero VIP, Calígula del Comité del Pueblo, James Dean andino, Chimbilako flow, Vampi del Machángara alias Wilson Richard Paccha Chamba: el último príncipe de la dinastía post incásica lojana.

Caprichos salvajes goza del amplísimo repertorio que caracteriza el arte y las obsesiones de Paccha. Existen palabras, formas, lugares, texturas, materias, conceptos y hasta enfermedades que conforman la trayectoria vital de un autor y se permean soterradamente en su universo creativo, exhiben una huella particular en su obra: eso que hace a todo artista único y verdadero.

Cuando el crítico de arte inglés John Ruskin (1819-1900) comentó el cuadro prerrafaelita de John Everett Millais, Sir Isumbras at the Ford, estableció tres categorías de pintores: un grupo, el más abundante, que trabaja con pincel pretencioso, busca impresionar y acaba apagándose con sus exabruptos y en el fondo, ñoñerías. Un segundo grupo, en verdad auténticos, devotos, pero incapaces de trascender ciertos límites, barreras impuestas por la naturaleza, y que termina por tropezar con una realidad unívoca que encierra y limita: dejan una obra valiosa pero que no se sale del marco insalvable de los propios límites. Por último, una tercera categoría de creadores que Ruskin considera capaces de “inventiva”, y a quienes esa inventiva lleva continuamente a rebasar los propios límites, a romper con los moldes recibidos y adquiridos, ampliando la tradición al crear una nueva y de ruptura: son los fundadores de nuevas corrientes, le devuelven brío y renovación a la acumulada tradición de todas las artes.

Paccha, obviamente, pertenece a esa última categoría: cualquier rayo lo convierte en tijera porque no es ningún arrancadito de la mata.

Andrés Villalba Becdach

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