Pablo Cardoso: “Llueve afuera” en galería Saladentro, Cuenca-Ecuador


Llueve afuera, de Pablo Cardoso

Desde que alcanzamos el entendimiento, los hombres nos hemos atareado con total curiosidad por el factor tiempo. Tratamos, incluso de una forma que puede ser un tanto vanidosa, de atraparlo, de poseerlo, y, lo más extraño, de seducirlo hasta que quiera ser poseído. Se trata de una actitud normal ante el riesgo múltiple que plantea el porvenir y ante lo evanescente que es el pasado y el mismísimo presente, que en muchos casos tiene el aspecto de fantasía más que de cualquier otra cosa. Para ello inventamos relojes, cronogramas, andenes, cartas de amor, testamentos y epitafios, la organización en general, les otorgamos nombres y cifras a los días. El escritor británico Chesterton aclaró que el objetivo del arte pictórico es encerrar al tiempo entre bastidores. Demoramos verdaderamente en descubrir que nuestra materia, lo que nos constituye es el tiempo, en el cual se sienten cómodas las otras dos partes de nuestro ser que tanto nos revitalizan y nos destrozan a la vez, el sueño y las palabras. Y si algo exuda, si de algo está llena la trayectoria artística de Pablo Cardoso (Cuenca, 1965) es de tiempo.
Como en anteriores trabajos, Pablo Cardoso emprende una obra progresiva que conmueve por su envergadura y por la enorme dosis de paciencia que entraña, por el concepto del cual surge, mitad autobiográfico mitad sociológico, por la filigrana (el rigor y la sensibilidad evidentes) que utiliza para desarrollarlo –quizá el término que mejor encaja en este caso, ya que es un despliegue de imágenes tratadas con una precisión constante más afín al rito que a la rutina– y porque ha dado con otra de las formas para apresar a ese prófugo (el tiempo sabe transformarse arbitraria y astutamente; a veces dura un segundo, otras, siglos). Se trata de un diario que recoge en instantáneas un momento en específico de lo cotidiano que luego pasa a pintar, una fracción de vida que a Cardoso bien ha llegado a emocionar bien a interesar o a lo que ha preferido darle un espacio de relieve en su vida, sin necesariamente verse sujeto a que se trate de un hecho trascendental. Todo envuelto en la textura que da a los sentidos la noción de “espera”. De estar ante el universo y, por esperar, apreciar el milagro de la creación, sentirla recorrer todos sus ángulos.
De tal manera, a partir de diciembre de 2017 se ha propuesto pintar un cuadro por cada día que transcurra durante un año, “como mínimo”, lo que lleva a que nos sobrecojamos de la emoción de tamaña empresa que evoca con facilidad la del alquimista medieval o la del miniaturista. No puede hacerlo, ni podría nadie, sin rodearse del halo mágico de lo que representa el sentido del viaje, que es la mejor manera de notar que el tiempo transcurre y a la vez está pendiente sobre nuestras cabezas cual espada de Damocles, análogamente a lo que antes plasmó en Lago Agrio – Sour Lake al disponerse atravesar medio continente y documentar ese bello éxodo (léase: gesto), con un frasco de agua contaminada de uno de los primeros pozos excavados por la empresa Texaco en nuestra amazonía, para así expresar un sutil pero a la vez rotundo reclamo por las acciones abusivas de las compañías petroleras en el mundo. En esta ocasión su sensibilidad se pone de manifiesto con la obra creciente Llueve afuera, logrando materializar un anhelo que está en el corazón del hombre desde toda la eternidad: atrapar vida lo más completamente posible, pero expresándola mediante el arte. Resulta inevitable pensarlo como otro reclamo, aunque de índole muy distinta, esta vez contra la velocidad y la violencia de lo raudo y efímero, contra quien quiere perder el tiempo y no sabe aprovecharlo.
Cardoso siempre ha sido hombre de principios, consecuente con lo que ocurre a nuestro alrededor y ha comprendido que todo artista es político por excelencia y que la calidad, que es un don particular, tiene que estar acompañada de una conciencia colectiva. Defensor a ultranza de la tierra y la naturaleza en general, parte de la noción del trabajo esmerado, de la disciplina como artista, para generar en el espectador una crítica a la sociedad tal como está planteada. Una crítica que surja de la necesidad que tenemos de exigir bondades e inteligencias para nuestro bienestar y el de la tierra y el del futuro, que son sinónimos. Todo ello a partir de la mirada del tránsito, de vagar, acaso muy lentamente, sintiendo bajo los pies al camino, en un sentido antropológico.
La variedad temática de sus imágenes es un poco apabullante, difícil de etiquetar: resulta casi imposible contener la diversidad de su trabajo en una sola mirada. Porque Cardoso es en realidad un humanista, un artista interesado en retratar el revés del bullicio humano de las ciudades. Y no solo lo humano: también el sonido de la lluvia, o la vida en el campo, o la luz de los cielos y su reflejo en las vertientes de agua. Es grato ver cómo queda fascinado por la música de las cosas, esa música que no es tan evidente a primera instancia pero que paulatinamente, con algo de sensibilidad, se deja percibir por nuestros oídos, una música que acaba siempre de eclosionar y que tiene una fuerza enigmática.
Con un especial énfasis en el agua, cuya principal condición es lo inasible, como en la serie Caudal en la que patentizó toda su capacidad compositiva y pictórica con cuadros de ríos en movimiento, en los que lo más importante era captar la armonía propia de esos torrentes, Cardoso en Llueve afuera nos invita a reflexionar acerca de esos fragmentos de vida que están en las esquinas en espera de ser recogidos y vindicados y en la lluvia, en aquello que es bañado (por lo tanto bendecido) por el agua al caer y que logra apreciar, él desde dentro, con la lente, que es una extensión de su ojo y una prolongación de su instante. Como ante el agua, esta obra se nutre de silencio, o sea, de belleza de nuestra parte.
Llueve afuera entabla varios diálogos. Diálogos con la atemporalidad, con obras que la antecedieron, con ese cuerpo fantasmal que está entre nosotros, los vivos, y lo alado, el viento y aquellas otras piezas invisibles que completan el mundo. Por supuesto que la línea que separa a esta obra con otras es del todo estrecha, y que casi podríamos afirmar que no las separa sino que las conecta. Mandala (2017) es otra suerte de diario, pinturas acaso más abstractas, que reúnen al tiempo. En Mandala (tal y como lo propone su nombre) se refleja el universo, con su devaneo, sus risas y sus alaridos, en lo mínimo. Hallamos, por ejemplo, las imágenes que en el transcurso de los años han sido captadas por la Internet desde las alturas, vía satelital, de las calles aledañas a la vivienda de Cardoso y de su familia, con ésta en el centro, lugar donde confluyen sus sueños y sus trabajos. De tal modo se constata que el tiempo es un gran escultor; las primeras imágenes distan de las últimas por la cartografía que el tiempo traza sobre el paisaje. A ese mismo trazo nos evoca Llueve afuera. Entonces descubrimos, con asombro y alegría, que se trata de una obra del todo nostálgica, autobiográfica y en la que sin embargo podemos hallar rasgos propios, acentuando así la noción de que el artista por excelencia nos transmite de tal forma su ser más íntimo hasta volvernos él, por unos momentos, aunque sea.
En este diario, en esta bitácora de un viaje reposado, Pablo Cardoso parecería decirnos que no hay nada ni nadie que no le parezca memorable. El don de Cardoso es saber que hay belleza a su alrededor y que no siempre estará ahí. Por eso vale la pena detenerla y convidárnosla. El resultado son imágenes potentes, poderosamente modernas, tanto en blanco y negro como agraciadas por sutiles variaciones monócromas estratégicamente dispuestas en el conjunto, donde la técnica está tan de lleno que no es protagonista. Sus imágenes son a la vez narrativas y poéticas, atrapan la vida y condensan toda su belleza, potencia y misterio, y su pincel las vuelve etéreas y quizá entonces nos permite desentrañar ese mencionado misterio.
Pablo Cardoso recorre un mundo en el que llueve afuera. Llueve como cuando nosotros esperamos en silencio que llegue nuestro buen día. Llueve como cuando por fin llega, a veces, como ahora, al estar frente a uno de sus cuadros.

Carlos Vásconez
Cuenca, 26 de abril de 2018

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